Clotilde

«¡Angelina!», le grité muchas veces y traté de alcanzarla entre la multitud, cada paso que daba era muy difícil, a mi edad mis trancos ya no eran tan amplios y firmes como años atrás, ahora son muy débiles. A pesar de todo, traté de sacarla, pero la gente enfrente de mí no me dejaba, desde la distancia vi a algunos militares tomarla del brazo. En ese momento grité a los soldados que no se la llevaran, que no tenía nada que ver con la protesta. Volví a gritar, pero mis pulmones no pudieron más, me faltaba el aire, tuve que parar y, cansada en la calle, vi a Angelina alejarse. Entonces recordé que me había pasado las llaves del auto antes de poner la comida en la parte de atrás de este. De inmediato caminé rápido al coche, no recuerdo cuándo fue la última ves que manejé, puse las manos en el volante, el auto estaba en neutro, coloqué la llave y lo encendí, apreté el embrague, solté el embrague lentamente y aceleré. Manejé hasta una barricada hecha por los militares, le pedí al oficial que estaba de guardia que me dejara pasar, al principio no quiso, pero después de ver el pase de la embajada de los Estados Unidos en la ventanilla del auto, no se demoró en dar la orden a los otros soldados para que me escoltaran. Cuando llegamos a una de sus guarniciones, el pelotón de fusilamiento ya había ejecutado la orden para disparar y, entre la multitud de gente que estaba en contra del levantamiento militar, Angelina también recibió los tiros. La vi a ella en el piso, encima de las otras víctimas que fueron acribilladas ese atardecer.

El soldado que estaba a cargo me preguntó si conocía a una de las víctimas. «¡Víctimas!», respondí yo al hijo de puta. Mi voz se alteró tanto que le dije que ella estaba comprando conmigo cuando la arrestaron por error. Oh, no pude contener mi odio, la tristeza que comenzaba a apoderarse de mi cuerpo. El soldado no se inmutó por lo ocurrido y le volví a decir que en esta estúpida sublevación son puras tonteras, que por ese culo de los militares sublevados querían instaurar un régimen con la ayuda de la Alemania nazi y la Italia racista. «¿Qué me tienes que decir sobre ello?». No había caso, mis palabras le entraban por una oreja y se le salían por la otra. Al final le dije que tenía que llevarme el cuerpo conmigo. Un sargento, que estaba mirándome desde la distancia, como si fuera una persona extraña, se acercó para cancelar la orden. Yo le dije que la víctima era una persona protegida por la embajada de los Estados Unidos, el huevón miró el auto que manejaba y se dio cuenta del embrollo en que se habían metido. De inmediato dio la orden para que la fueran a dejar a la casa, con prisa cuatro soldados comenzaban a tomarla de los pies y de los hombros para ponerla en la parte de atrás del jeep, uno de ellos se dio cuenta de que todavía estaba vivía. Gritó que la mujer aún respiraba. No esperamos ni un segundo para llevarla al hospital más cercano. Más tarde, llamé a su hijo Victor explicándole que su madre estaba en el hospital.

—Señora Clotilde, ¿qué pasó? ¿Qué pasó? —preguntó una y otra vez el joven cuando corría en dirección a ella.

Yo estaba preparaba para contarle todo lo que había pasado, y cuando los doctores estaban en la sala de operaciones tratando de salvarla, Victor se puso a llorar delante de mí. Fue en esos instantes cuando vi en sus ojos lo que ya había visto antes en otros jóvenes de su edad: odio y un deseo de venganza por lo que le había pasado.

Yo no pude quedarme callada, tenía que contarle qué había ocurrido y lo que había tratado de hacer cuando la arrestaron. En silencio, Victor me escuchó, y por las lágrimas, que no paraban de caer en su cara, no pudo decir ninguna palabra. Fue como un silencio agudo, similar al que uno siente cuando estás a solas en el medio del bosque más oscuro de la zona. Y sus ojos que se encontraban extraviados después que le conté toda la historia.

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